viernes, 28 de agosto de 2015

Bartolina Sisa

Foto extraída del Periódico Cambio del Estado Plurinacional de Bolivia

Sus orígenes

Hija de José Sisa y Josefa Vargas comerciantes de hoja de coca y de los tejidos nativos, se desplazaría por numerosos lugares del altiplano, observando la opresión a que eran sometidos los indígenas de los Andes por el racismo colonial y clerical foráneo.

Esta febril actividad permitió a Bartolina Sisa liberarse de la condición de servidumbre y esclavitud a la que fue sometida su nación originaria por los colonialistas. Así, Bartolina Sisa fue tomando verdadera conciencia y asumiendo una profunda convicción por redimir a su pueblo de las cadenas de la opresión y luchar por la emancipación definitiva de las comunidades originarias andinas.


Juventud e ideales independentistas

Bartolina Sisa con 25 años se casaría con Julián Apaza, más tarde conocido como TúpacCatari el cual antes de comenzar la guerra había sido sacristán en la parroquia de Ayoayo situada a noventa kilómetros de la Paz.

Durante esta etapa ambos, tuvieron la ocasión de coincidir con los ideales libertarios del arriero José Gabriel Condorcanqui (Tupaj Amaru) y de los hermanos Dámaso y Tomás Katari de Chayanta, con quienes aunaron sus propósitos emancipatorios basados en una sólida convergencia de criterios, tácticas y estrategias de lucha.

De este modo decidieron elaborar un plan de acciones debidamente sistematizadas que puso en pie de guerra a más de 150 mil indígenas en toda la región más conflictiva del Perú, La Paz, Oruro, y los valles de Chayanta en Bolivia.


La insurrección Tupakarista

En el año 1780 todo el altiplano se hallaba convulsionado con la sublevación de Tupac Katari. Bartolina ayudó a su esposo a organizar campamentos en el Alto de La Paz, Chacaltaya, Killikilli, El Calvario, etc, impartió justicia, cuidó de las armas y de la alimentación, dirigió tropas.

Para los españoles dominar la insurrección era cuestión de vida o muerte. Si vencían los rebeldes, acababa el poderío de España no solo en las colonias americanas, sino en todo el imperio. Para los indios la sublevación constituía la recuperación de su libertad, territorio y riquezas o su definitiva claudicación ante el poderío de los blancos.

Es así que al estallar la insurgencia Aymara-Quishwa de 1781, su esposo era proclamado Virrey del Inca y ella era proclamada Virreina, pero no porque haya sido la esposa de Tupaj Katari, sino por el mérito propio que adornada su personalidad.

El 13 de marzo de 1781 el Ejercito Aymara decide la toma de La Paz, sitiándola. En la ceja del alto se levantó el campamento desde el cual se divisaba la ciudad. A todo esto la ciudad preparaba su defensa, Sebastián de Segurola, brigadier, fue el líder de las milicias.

El ejército de los Katari-Sisa que durante el inicio del Sitio de la Ciudad de La Paz (13 de marzo de 1781) contaba con 20 mil combatientes, en muy pocos días se convirtió en 40 mil, y al cabo de 5 meses alcanzaron a 80 mil. Con el paso del tiempo comenzaron a faltar los víveres y el agua en la ciudad sitiada, todos los días el ejercito Catarista avanzaba sobre la ciudad.

El 21 de mayo TupacCatari se aleja y el ejército queda bajo la dirección de Bartolina Sisa, su misión es la de cuidar que el cerco a Chuquiago no se rompa pero los españoles al ver a una mujer en la dirección envían 300 soldados para capturarla.

Lejos de pensar en retirarse, Bartolina ordena el ataque que ella dirige y a fuerza de piedras los españoles son derrotados por el ejército andino donde las guerreras aymaras lucharon a la par de los hombres aymaras.

Se habían cumplido 109 días del cerco Katarista cuando el 10 de julio de 1781, los españoles recibieron refuerzos desde Charcas.


Captura y asesinato

TupacCatari es obligado a replegarse y en esta acción se produce la captura de Bartolina Sisa, cuando la comandanta se dirigía al campamento de Pampajasi, sus mismos acompañantes la traicionan y la entregaron al cruel Flores quien la condujo presa a la ciudad de La Paz. El genocida Segurola la encerró encadenada en la peor de las celdas.

Los españoles torturan a Bartolina Sisa y le dan el peor de los tratos pero la mantienen con vida esperando usarla como un cebo para capturara Katari, sin embargo, Tupac Katari, no cae en la trampa y envía a dos mensajeros para que entreguen alimentos, coca y oro a Bartolina.

El 5 de septiembre de 1782 La gran Bartolina Sisa, insobornable comandante en jefa de las fuerzas emancipatorias de las naciones originarias andinas, moría ahorcada no sin antes sufrir una horrenda tortura física y moral, flagelada, violada, azotada, arrastrada a puntapies en un inmenso charco de sangre.

Ya muerta Bartolina Sisa, y no conforme con ello, sus verdugos descuartizaron su cuerpo y exhibieron su cabeza y sus extremidades en distintos lugares de los ayllus y caminos donde ella resistió con su lucha.

Su cabeza fué clavada en la punta de una picota, “para escarmiento de los indios”, decían sus verdugos, y la situaron en Jayujayu-Marka, hoy provincia Aroma del departamento de La Paz. Sus extremidades fueron enviadas a Tinta-Marka, una comunidad situada en la actual república del Perú, donde también fueron exhibidas en sendas picotas.


Cualidades que la destacaron

Bartolina Sisa, siempre abanderada de la sagrada Wiphala, es considerada un fenómeno no solo por sus dotes de belleza natural, que la configuran como una mujer muy atractiva, morena, de facciones uniformes y seductoras, hermosos ojos negros, joven e inteligente, sino también por sus características y talento innato que hacen a un comandante político-militar, por su visión, sentido de responsabilidad, disciplina, fortaleza, capacidad de tomar las decisiones más apropiadas en el momento oportuno y por la confianza y seguridad que inspiraba en sus huestes.


En su honor

El 5 de septiembre de cada año se celebra el Día Internacional de la Mujer Indígena, fecha escogida en homenaje a Bartolina Sisa, una valerosa mujer quechua que fue descuartizada por las fuerzas españolas durante la rebelión anticolonial de Túpaj Katari en el Alto Perú.

La fecha se instituyó en 1983 durante el Segundo Encuentro de Organizaciones y Movimientos de América realizado en Tiahuanacu, Bolivia


¿Por qué del nombre de Bartolina Sisa, para nuestra institución?

Dadas cualidades de esta mujer luchadora que influyo de manera significativa en la historia de Bolivia, es que se decide bautizar la nuestra institución con su nombre.

Bartolina Sisa Gestión Turística, tiene como objetivo realizar gestiones necesarias para desarrollar el turismo en Bolivia en todos los niveles, velando por el resguardo de la Madre tierra y los saberes ancestrales, ya que el turismo puede ser un medio para su conservación.

La filosofía que perseguimos es empoderar a las mujeres, iniciando con la inclusión de las mujeres para que tengan un acceso al trabajo fuera del hogar permitiendo a la mujer contribuir de forma directa al mantenimiento de su familia, reforzar su independencia y autoestima y su posición, social, económica y también política, en comunidades en las que tradicionalmente quedaba relegada a un papel subordinado a su padre o marido.


Lic. Mery Ledezma Quiñonez
Gerente General y Representante Legal
Bartolina Sisa Gestión Turística


sábado, 15 de agosto de 2015

Los paradores de ruta, testigos de un tiempo que iba más despacio


Días pasados, camino a Villa Gesell, mis hijos me preguntaron qué eran esos edificios en ruinas que se ven, de tanto en tanto, sobre la ruta 2. ¨Paradores”, les dije. ”Viejos paradores”. 

Me preguntaron si eran como los *paradores* de la playa, y mi mujer y yo no pudimos evitar sonreír. Para mis hijos, un *parador* está edificado a orillas del mar, sirve jugos y licuados y suelta, a máximo volumen, todos y cada uno de los hits del verano.

Cuando yo era chico, las vacaciones empezaban de noche, en una calle de Morón, con la familia en pleno rodeada de valijas y escrudiñando a la distancia. Apenas divisábamos en la lejanía las luces de colores del ómnibus, su porte de gigante, el letrero iluminado de “Villa Gesell” contra el rincón derecho del parabrisas, lo único que queríamos en esta vida era subirnos y correr hasta el asiento con su lucecita roja y su “P” de pasillo o su “V” de ventanilla. El otro alarde tecnológico con que contaban los ómnibus de entonces eran las lamparitas individuales fijadas arriba, contra el portaequipajes. Casi nunca funcionaban, o estaban tan sucias que arrojaban un haz de luz mínimo, amarillo, polvoriento que no servía para ver nada.

Aunque a los jóvenes de hoy pueda parecerles inverosímil, esos ómnibus no tenían baños ni televisor ni aire acondicionado. No tenían azafatas ni ofrecían cena ni alfajores ni jugo de naranja ni café. Y las butacas eran estrechas y apenas se reclinaban unos cuantos centímetros a la hora de echarse a descansar. Cuando el micro dejaba atrás el Camino de Cintura, y ganaba velocidad y las únicas luces eran las que barrían el interior del micro desde la mano contraria, uno podía considerarse, oficialmente, en viaje de vacaciones.

En general yo me sentaba junto a mi hermana y desobedecíamos con naturalidad la orden de dormirnos. Mejor charlar, de bueyes perdidos o de las chicas que me gustaban en la escuela, darme vuelta de tanto en tanto para ver allí atrás, unas cuantas filas hacia el fondo, la brasa anaranjada del perpetuo cigarrillo de mi padre. Porque claro, en esos años a casi nadie se le ocurría que fumar hiciese daño, o que pudiese estar prohibido en algún lado.

Después de un par de horas de ruta, el micro aminoraba la velocidad y se adentraba a los tumbos por una salida de tierra o cascote. Se detenía con un bufido de bestia grandiosa y uno de los choferes anunciaba: “Parada, quince minutos”.

Y ahí estaba el *parador*. Un edificio bajo, de ventanas grandes, con mesas de fórmica y sillas de metal negro, que ofrecía baños y –a esa hora de la madrugada, algún tentempié. Al bajar uno debía tener la precaución de mirar el número de interno del ómnibus, porque todos los micros de la empresa se detenían en el mismo parador y entonces, a los costados del nuestro, siempre teníamos otros tres o cuatro casi idénticos.

O no había demasiado apuro, o de todas maneras había que darle tiempo a la lenta espera de las damas frente a la puerta del sanitario. Lo cierto es que a los varones nos sobraba un rato como para comprar un pebete de jamón y queso (que el vendedor extraía de una pirámide protegida bajo una pesada campana de vidrio) o para alejarnos un poco del playón de los ómnibus y de las nubes de bichos alrededor de las luces, y contemplar más estrellas de las que a uno le cabían en los ojos.

Al volver a subir, y mientras el micro se bamboleaba de nuevo hacía el asfalto, el chofer avanzaba por el pasillo contando a los pasajeros, por si algún caído del catre se había trepado al coche equivocado. Y entonces sí, con la panza llena y el corazón contento, uno podía permitirse dormir un rato. Pero nada de exagerar, porque había una segunda parada, y después la creciente claridad de la línea del horizonte, y el sol rojo asomando en el campo, y la vida entera para ser felices.

Cada cosa tiene su tiempo. E inventos tales como los baños en los micros, y la mayor autonomía de combustible y aire acondicionado de los autos hacen innecesario que uno detenga en plena ruta una, dos, tres veces, a acomodar el cuerpo y la fatiga. Será por eso que hoy la mayoría de los paradores de la ruta 2 son esas ruinas, ese pantallazo fugaz de vidrios rotos, techos vencidos y paredes escritas con aerosol, que dejamos atrás a medida que devoramos kilómetros hacia la costa. Gigantes vencidos que no alcanzaron a advertir, con tiempo para adaptarse, que los autos se hacían más veloces. Y la vida también.

Eduardo Sacheri,
Escritor y licenciado en Historia, argentino.


Fuente: Revista VIVA
https://lalectoraprovisoria.wordpress.com

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